El guardián de Jaboncillo
En este cerro manabita y otros aledaños existió una ciudad
prehispánica tan grande que los arqueólogos dicen que Machu Picchu
palidecería a su lado. Miguel Ángel Rodríguez Tejena ha dedicado su vida
a proteger este patrimonio.
Por Marcela Noriega
Fotos: Ricardo Bohórquez y Rodolfo Párraga
En la mente de los niños del campo habitan duendes y hadas. Pero en
la cabeza de Miguel Ángel Rodríguez Tejena había más que eso. A los ocho
años la idea de una ciudad perdida, sepultada en el cerro Jaboncillo,
empezó a crecer como una ola enorme que arrasó con todo. La imaginaba
como una ciudad de poderosos caciques, shamanes que tenían línea directa
con los dioses, monumentos, pirámides, casas en piedra, jardines,
cascadas que brotaban de la roca, hermosas mujeres con pechos
descubiertos, fuertes guerreros, sabios ancianos y niños, muchos niños
soñadores. Miguel no estaba tan equivocado.
Estas piezas pertenecen a la cultura manteña, que se asentó en
Manabí entre los años 880 a 990 después de Cristo y continuó hasta la
llegada de los españoles en los años posteriores a 1530.
Miles de piezas como éstas han sido encontradas en excavaciones
recientes en el cerro De Hoja-Jaboncillo. Solo Miguel Ángel Rodríguez
Tejena tiene 600 en su casa. Piensa donarlas a un museo cuando se
construya.
El año pasado, después de cinco años de tocar puertas, Miguel y
Alberto consiguieron lo que creían imposible: que el presidente de la
República visitara Jaboncillo, lo declarara Patrimonio Cultural y
asignara cuatro millones de dólares para estudios arqueológicos en la
zona.
Cuando Correa fue a Jaboncillo, Miguel dijo una oración para “sus abuelos” y lo bautizó con agua del pozo.
—Yo estaba contento, pero no sé si a él le haya gustado el agua.
El
guardián del cerro se define ahora como “un trabajador más”. Hace de
guía y ayudante de arqueólogo. Miguel tiene en su casa alrededor de 600
piezas prehispánicas. Las ha preservado con la idea de ponerlas en un
museo.
***
Desde Picoazá al cerro Jaboncillo hay cuatro kilómetros. Los
recorremos en una camioneta vieja que se bambolea con cada piedra que
pisa. El camino por el que vamos antes no existía. Fue hecho por Miguel y
ocho amigos a punta de pico y pala.
—Nos sangraban las manos, pero
lo hicimos para que pudieran entrar los carros de los arqueólogos, para
que ellos pudieran ver lo que hay en el cerro.
En junio de 2009 el Gobierno declaró Patrimonio Cultural al
conjunto de cerros Jaboncillo, Bravo, La Negrita, de Hojas y Guayabal
por albergar una serie de construcciones monumentales como terrazas de
cultivo, corrales, muros, silos o graneros, escalinatas, pozos, entre
otros, y por poseer una variada riqueza ecológica.